Spanish Literary Blackness & Spanish Gunboat Democracy

Preface - Prólogo (Spanish Gunboat)


 
Russell Crandall, Ph.D.
Traducido del inglés
por Marcelo González

 
Prólogo

«Fue como salido de [la película] Apocalipsis Ahora», comentó un estudiante de medicina de Estados Unidos residiendo en Granada, quien había mirado por la ventana de su dormitorio para ver una docena de helicópteros desplazándose por el horizonte del amanecer. Los helicópteros que volaban hacia el campus de la facultad de medicina eran parte de la invasión de Granada de 1983. El Presidente Ronald Reagan comunicó al público estadounidense que había despachado fuerzas militares para asegurarse de que cientos de estudiantes norteamericanos no fueran tomados como rehenes,  así como para liberar al pueblo de Granada de las garras de un régimen marxista de línea dura. Y aunque la operación resultó menos fácil de lo que se esperaba, el gobierno de Reagan logró, en gran medida, su objetivo: los estudiantes, viéndose agradecidos, fueron devueltos sanos y salvos a Estados Unidos; más del 90 por ciento de la población de Granada apoyó la invasión; el régimen fue derrocado, y a poco tiempo se realizaron elecciones democráticas.

A pesar de lo que parecía todo un éxito, la invasión se hizo blanco de mucha crítica. En realidad, las acciones estadounidenses en Granada parecían inexplicables para muchas personas: se trataba de una pequeña isla al final del mar Caribe. Esas mismas personas se preguntaban incrédulas por qué el todopoderoso Estados Unidos necesitaba invadir un país de tan poca importancia. De inmediato, los críticos cuestionaron tanto la cronología como los motivos del gobierno de Reagan, sobre todo porque la invasión se produjo a pocos días de un ataque terrorista sangriento en el Líbano que había matado a cientos de Infantes de la Marina de Estados Unidos. Palabras como «truco publicitario» y «farsa» se escucharon casi de inmediato.

Tal y como era el caso en cuanto a las intervenciones estadounidenses en la República Dominicana en 1965 y Panamá en 1989, la decisión de invadir Granada se basó en perspectivas arraigadas que indicaban la presencia de una amenaza seria a la seguridad nacional. En la República Dominicana, la amenaza percibida era la expansión del comunismo; en Panamá, era la seguridad del canal y de los ciudadanos estadounidenses residiendo en el país.

En cada caso, políticos y funcionarios estadounidenses creían firmemente que se enfrentaban crisis graves, y que la inacción podría resultar más peligrosa que enfrentar la situación. Informes de inteligencia entregados a los más altos funcionarios durante las crisis solían ser alarmistas e, incluso, erróneos, advirtiendo sobre la posibilidad de que tomaran el poder los comunistas y de que era muy posible que se hicieran amenazas de muerte contra estadounidenses. Por ejemplo, la decisión del Presidente Johnson de enviar a Infantes de la Marina a la República Dominicana fue el resultado de una serie de cablegramas enviados apresuradamente en torno a la posibilidad de que tomaran el poder los comunistas, cablegramas enviados de parte del embajador estadounidense en Santo Domingo, la capital de dicho país.

Por cierto, uno puede cuestionar si los analistas, funcionarios y políticos sobreestimaron los peligros en los informes de inteligencia o si las fuentes de inteligencia proporcionaban información «conveniente» con tal de confirmar lo que los funcionarios ya creían o querían escuchar. Por eso, es de suma importancia que analicemos los documentos con algo de escepticismo, reconociendo que nunca sabremos con seguridad los motivos de quienes hicieron los informes.

Además, cualquier análisis exhaustivo sobre la toma de decisiones que llevaron a estas intervenciones debe considerar también lo que podría haber ocurrido si Estados Unidos no hubiera intervenido. En los tres casos, se podría argumentar que las situaciones en esos países pudieron haberse tornado aún más caóticas y violentas, provocando, a su vez, respuestas aún más agresivas de parte de Washington.

 

LAS INTERVENCIONES EN CONTEXTO

Estas intervenciones armadas no fueron nada nuevo en la política de Estados Unidos en su «patio trasero» tradicional del Caribe y Centroamérica. Más bien, esas intervenciones representaron la continuación de la «Diplomacia de Garrote» que presidentes norteamericanos, tales como Theodore Roosevelt y Woodrow Wilson, utilizaron con frecuencia y sin disculpa en las primeras décadas del siglo XX. De hecho, Estados Unidos ha invadido, una y otra vez, países de Centroamérica y el Caribe por motivos que ni siquiera habría considerado en casi ninguna otra parte del mundo.

Después de terminada la Segunda Guerra Mundial y de establecida las Naciones Unidas, las prácticas democráticas y los principios de la no intervención se convirtieron en aspectos importantes del sistema internacional, sobre todo en lo que respecta el Hemisferio Occidental. La creación de la Organización de Estados Americanos en 1948 y el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (también conocido como el Pacto de Rio de Janeiro) en 1947 fueron iniciativas encabezadas por Estados Unidos, las cuales apoyaban el empleo de respuestas multilaterales y fomentaban la democracia. Por lo tanto, a diferencia de épocas anteriores cuando la Diplomacia de Garrote se utilizaba con virtual impunidad, durante la Guerra Fría y posterior a la misma existían mayores limitaciones sobre cómo Estados Unidos podría utilizar la fuerza militar para lograr objetivos a favor de Washington. Las ocupaciones militares de la época colonial ya quedaban en la misma; la soberanía de estado y la autodeterminación ya eran de mayor importancia. Por cierto, el gobierno de Washington seguía utilizando la Diplomacia de Garrote, pero tenía que hacer mucho más para justificar, o disimular, el uso de la misma.

De muchas maneras, las intervenciones en la República Dominicana, Granada y Panamá representan la naturaleza esquizofrénica de la política estadounidense en el Caribe y Centroamérica durante la Guerra Fría y después de la misma: Estados Unidos quería la estabilidad, la democracia, el anticomunismo, y el multilateralismo. Sin embargo, como estos tres casos demuestran, a veces no pudo lograr todos esos objetivos al mismo tiempo. Tendrían que hacerse concesiones. Con frecuencia eso significaba el sacrificio de los ya acordados principios de la no intervención a fin de evitar que las semillas del comunismo, o del caos, germinaran en alguna parte del mundo donde Estados Unidos se viera obligado, durante años, a asegurar el orden, fueran solicitadas o no tales acciones. Cuando había dudas, el envío de tropas estadounidenses aseguraba resultados favorables para Washington.

Al contrario de lo que a veces se cree, esas intervenciones fueron anomalías en cuanto a la política estadounidense hacia América Latina durante y después de la Guerra Fría. En comparación con épocas anteriores, tras la Segunda Guerra Mundial las intervenciones militares en la región, al menos las públicas, de parte de Estados Unidos han sido poco frecuentes. De hecho, aparte de las intervenciones no bélicas en Haití en los años 1994 y 2004, los casos analizados en el presente libro representan los únicos episodios.

Lo anterior, por supuesto, no es para afirmar que, durante este periodo, Estados Unidos no se entrometiera, engatusara, o apoyara, pública o clandestinamente, a gobiernos o movimientos de oposición. Al contrario, el récord histórico, por ejemplo, el derrocamiento apoyado por la CIA de Jacobo Arbenz en Guatemala en 1954, la Bahía de Cochinos de Cuba en 1961, los esfuerzos clandestinos para socavar al gobierno de Salvador Allende en Chile a principios de los años setenta, y el apoyo para grupos contrarrevolucionarios en Nicaragua en los años ochenta, está repleto de momentos en que Estados Unidos ha estado involucrado de manera decidida en los asuntos internos de sus vecinos latinoamericanos.

En general, casos como los ya mencionados de Chile y Cuba, los que resaltan lo indebido de las acciones estadounidenses, tienden a recibir más atención pública, contribuyendo así a nuestro parecer sobre la evolución de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina. Por lo tanto, al considerar nuevamente casos como los de la Repúbica Dominicana, Granada y Panamá, junto con los de Chile y Guatemala (en 1973 y 1954, respectivamente), comenzamos a ampliar nuestra interpretación actual en cuanto a la historia de la política estadounidense hacia America Latina, así como la política exterior de Estados Unidos en términos generales.

 
EL LEGADO  DEMOCRÁTICO

La mayoría de los escritos sobre las intervenciones en la República Dominicana, Granada y Panamá terminan sus respectivas narraciones históricas poco después de producidas las invasiones. Sin embargo, para llegar a una conclusión sobre si tales intervenciones fueron «necesarias», «inteligentes» o «morales», hay que tener en cuenta lo que ocurrió en estos países después de cada una de dichas intervenciones. Por ejemplo, si una intervencion estadounidense en particular llevara a una tiranía, deberíamos considerar tal hecho al evaluar la intervención. Por otro lado, deberíamos también considerar si una intervención facilitó la implantación de un favorable sistema político o económico.

Lo que resulta especialmente interesante es que en estos tres casos algunos de los críticos que más protestaron creían que las intervenciones no podían ni debían llevar a la democracia. Por ejemplo, después de la invasión de Granada, el Senador Patrick Moynihan (demócrata por el estado de Nueva York) comentó: «No creo que podamos andar fomentando la democracia a punta de bayoneta». Poco después de la invasión de Panamá, el Senador Ted Kennedy (demócrata por el estado de Massachusetts) afirmó que Estados Unidos no tenía el derecho de «andar por el hemisferio, enjuiciando a dictadores, o instalando nuevos gobiernos a la fuerza o por otros medios. Seguramente, es una contradicción de términos y una violación de los mejores ideales de Estados Unidos imponer la democracia por fuerza de armas en Panamá o en cualquier nación» [1].

Una de las razones por las que existe la arraigada creencia de que Estados Unidos no puede fomentar la democracia por la fuerza se debe a la dolorosa experiencia en Vietnam [2]. Aunque Vietnam represente un caso claro de un fallido intento por promover la democracia y la creación de naciones, en los casos analizados en el presente libro existe evidencia para sugerir que, en realidad, la democracia se fortaleció después de la intervención estadounidense. Efectivamente, deberíamos preguntar si las bayonetas estadounidenses facilitaron la democracia.

El síndrome de Vietnam es la frase utilizada para describir el impacto de la guerra en Vietnam sobre la política exterior de Estados Unidos, es decir, el miedo a que las intervenciones militares siempre resulten en atolladeros, y que terminen en fracaso y desgracia. En 2005, el Senador Kennedy relacionó la guerra actual en Irak y los esfuerzos para la construcción del mismo con los esfuerzos de Estados Unidos en Vietnam, sugiriendo que Estados Unidos debía saber que no se puede promover la democracia a la fuerza:

Creímos que la victoria en el campo de batalla llevaría a la victoria en la guerra, y a la paz y democracia para la gente de Vietnam. No entendimos que nuestra misma presencia estuvo creando nuevos enemigos y que hacía que se esfumaran los mismos objetivos que nos propusimos lograr. No podemos permitir que la historia se repita [3].

     No hay duda de que la guerra en Vietnam sirvió para alterar radicalmente la posición, en cuanto a la política exterior, de muchos estadounidenses de tendencias liberales, sobre todo aquellos en puestos importantes en el Partido Demócrata. Durante la crisis dominicana de 1965 y mucho antes de que la guerra en Vietnam se convirtiera en una causa perdida, los puestos más importantes de política exterior del gobierno de Johnson, los ocuparon demócratas de la época de Kennedy, tales como McGeorge Bundy, Robert McNamara y Dean Rusk. Antes que nada, eran «guerrilleros» firmemente comprometidos a contener el comunismo por todo el mundo.

Al adelantar el reloj hasta 1983, cuando muchos liberales habían aprendido de la experiencia en Vietnam a ver el poderío estadounidense con gran escepticismo y sospecha, la dirigencia en cuanto a política exterior del Partido Demócrata en el Congreso condenó, casi por instinto, la invasión de Granada del gobierno de Reagan. A esos liberales, el uso visible de la fuerza militar de Estados Unidos, casi por definicion, era contraproducente y/o inmoral. Esa postura, en gran medida, se volvió a adoptar seis años después, durante la invasión de Panamá.

Al final, fue la crisis en Yugoslavia (sobre todo la operación encabezada por la OTAN en Kosovo) durante la década de 1990 que ocasionó una ruptura entre liberales y demócratas en torno a lo eficiente y moral que debe considerarse el uso de fuerza militar estadounidense. Sin embargo, esta discordia no comenzó con lo de Yugoslavia; más bien, venía fomentándose desde Granada en 1983, cuando la intervención estadounidense no se convirtió en el atolladero político ni en el dilema moral que algunos liberales creían inevitable.

 
INTERVENCIÓN Y SOBERANÍA

El problema de las invasiones radica en el mismo poderío estadounidense. Si Estados Unidos no dispusiera de tanta fuerza militar, lo más probable es que esas intervenciones no hubieran ocurrido. Sin embargo, el papel fundamental de la fuerza, de por sí, no socava las justificaciones que Estados Unidos ofreció para entrar en esos países, ni disminuye su intención de atenerse a las mismas.

En los tres casos, el hecho de que Estados Unidos pudo llevar a cabo acciones militares chocaba con el principio (basado en el derecho internacional) de la no intervención, el cual plantea que ningún estado tiene el derecho de violar la soberanía de otro estado. El politólogo Stephen Krasner ha calificado la soberanía como una forma de «hipocresía organizada», queriendo decir que, en realidad, el poder es mucho más importante para comprender el sistema internacional que cualquier creencia esperanzadora en la supremacía de la soberanía [4]. La soberanía puede parecer de suma importancia a muchos observadores pero, al fin y al cabo, es más efímera de lo que podemos pensar. Es decir, aunque no nos parezca bien, violaciones a la soberanía se dan a cada rato y por varios motivos. Algunos de éstos son más justificables y legítimos que otros.

En vez de centrarse exclusivamente en cuestiones de la soberanía al evaluar la legitimidad de una intervención, una evaluación que sea más útil deberá incorporar los propósitos y las consecuencias del operativo [5]. ¿Qué motivó al país o a los países a utilizar la fuerza militar? ¿Cómo utilizó esa fuerza? ¿Cuáles fueron los resultados de sus acciones? Por ende, al referirse a la invasión de Panamá, el jurisconsulto Alfred Rubin se equivoca al afirmar que Estados Unidos siempre pierde «respeto e influencia» y que la democracia nunca llegará a echar «raíces profundas» cuando utiliza la fuerza contra «vecinos débiles» [6]. Lo anterior, por supuesto, no es para afirmar que, durante ese periodo, a Estados Unidos no se le puede perder el respeto y la influencia al invadir países; más bien, con frecuencia depende de los detalles especificos de un caso dado.

Aunque la soberanía, como principio clave del sistema internacional, era de suma importancia cuando se realizaron las tres invasiones, se hizo menos importante en la política exterior de Estados Unidos después de terminada la Guerra Fría. Hoy por hoy, sobre todo entre los países occidentales, es cada vez más aceptable que un estado o grupo de estados intervenga en los asuntos de otro país [7]. Estados Unidos y muchos otros países ya no se preocupan de manera obsesiva por violar la soberanía al decidir si enviar o no sus fuerzas militares. La mayor parte del tiempo, sin embargo, esas «intervenciones humanitarias» son motivadas, al menos en parte, por violaciones masivas a los derechos humanos, la hambruna, o la limpieza étnica y el genocidio. Ejemplos incluyen Somalia en 1993, Haití en 1994, Bosnia en 1995, y Kosovo en 1999.

La mera magnitud del sufrimiento en muchas de las crisis humanitarias ha hecho que las intervenciones en esos casos fueran relativamente fáciles de justificar respecto de cualquier violación de soberanía. Menos estudiados, sin embargo, son los casos de intervención, como los que se analizan en este libro, que no hayan sido relacionados directamente con situaciones humanitarias. Por lo tanto, una pregunta crítica que debe hacerse es si pueden considerarse fundadas y/o justificadas las intervenciones no relacionadas con crisis humanitarias, y si éste es el caso, cuándo y cómo. Es en ese sentido que los casos de la República Dominicana, Granada, y Panamá guardan lecciones en cuanto a la legitimidad y necesidad de intervenciones «no humanitarias» en la época posterior a la Guerra Fría.

Este estudio de las tres intervenciones estadounidenses no producirá respuestas concretas a estas preguntas extremadamente críticas y delicadas. Sin embargo, se espera que el presente estudio nos permita ver dichas intervenciones en un contexto más amplio, uno que nos ayude a revisar nuestra compresión histórica en cuanto a los motivos y resultados de la política norteamericana hacia América Latina, así como la naturaleza y la necesidad de intervenciones en la época de la post Guerra Fría. Los conceptos de «cambio de régimen» y «democracia a la fuerza» se relacionan, en gran medida, con las guerras en Afganistán en 2001 e Irak en 2003. Sin embargo, y como veremos en los siguientes capítulos, los antecedentes de esas operaciones se encuentran en las lecciones aprendidas en relación a la República Dominicana, Granada, y Panamá. Pero antes de considerar dichas intervenciones de manera detenida, primero hay que revisar la evolución histórica de la política estadounidense hacia América Latina.

 
NOTAS

1. Kennedy citado en «The Panama Invasion», 101st Cong., 2nd sess., Congressional Record 136, no. 1 (January 23, 1990).

2. La crisis dominicana, obviamente, se dio antes de que Estados Unidos se involucrara de manera significativa en Vietnam.  

3. Citado en Rick Klein, «Kennedy Calls on U.S. to Begin Troop Pullout», Boston Globe, January 28, 2005, 1.

4. Stephen Krasner, Sovereignty: Organized Hypocrisy (Princeton, N.J.: Princeton University Press, 1999), 6.

5. Richard Haass, Intervention (Washington, D.C.: Carnegie Endowment Press, 1994), 50.

6. Alfred Rubin, «Reason and Law Reject Our Panama Invasion», New York Times, January 2, 1990, 18.

7. Véase Martha Finnemore, The Purpose of Intervention (Ithaca, N.Y.: Cornell University Press, 2003), 85-140.